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Notas de un ventrílocuo, la nostalgia según Germán Marín
Reportajes > Libros | 06 de diciembre de 2013 | Por Dario

Nostalgia es el primer sentimiento que me surge al terminar de leer y cerrar el último libro del escritor chileno Germán Marín. Como si en ese acto, cerrar, se pudiera dejar atrás esa antigua e incómoda sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. Incómoda, porque cuando aparece es síntoma inequívoco, como dice la canción, de que nos vamos poniendo viejos.

Todos estos sentimientos acompañan al lector a lo largo de las 143 páginas de este libro, que en forma desordenada, recoge la historia de un ventrílocuo.

Como su nombre adelanta, el libro está formado por 198 notas que el narrador y personaje principal, el ventrílocuo, ha ido escribiendo en distintos momentos de su vida. El autor-narrador advierte que no están ordenadas cronológicamente, de ahí que el lector vaya armando su propia figura con estos fragmentos, y hurgando entremedio de ellos hasta encontrar sus propias nostalgias.

El personaje parte muy joven trabajando en una compañía de títeres y es ahí donde aprende el oficio que perfeccionará a lo largo de su vida. Trabaja como ventrílocuo en los años dorados de los shows de revista y vodevil, codeándose con vedettes emplumadas, magos y todo un orden de artistas hoy en extinción. Eran tiempos de bohemia y éxito; de cabarets y boleros.

Por las páginas del libro transcurren también años más oscuros, el golpe militar, el régimen. Y toque de queda mediante, termina la época de oro de los cabarets, con lo que el trabajo del ventrílocuo comienza a ralear lentamente hasta pasar a ser esporádica entretención de cumpleaños infantiles, entre confeti y serpentinas.

De pensión en pensión, el protagonista escribe sus últimas notas en el hotel Palermo, donde reside –como diría él- en la pieza contigua a su amiga Olvido –lindo y sugerente nombre-, ex lady crooner en un salón de té y hoy actriz secundaria en teleseries. Con Olvido tienen uno que otro encuentro sexual furtivo, siempre que ella haya tapado convenientemente el crucifijo con un pañuelo.

Y a pesar de que el ventrílocuo, aunque tarde, quiere sentar cabeza con su amiga, arrendar un lindo departamento y vivir juntos, a ella no le interesa y prefiere seguir en la comodidad del Palermo.

Me llamó mucho la atención la pulcritud del lenguaje utilizado por el escritor de las notas. Tiene una cadencia y ritmo especiales y sus frases están armadas meticulosamente, como editadas para salir al aire. Igual al libreto escrito para un locutor radial, algo por cierto nada casual, no sólo porque un ventrílocuo –tal como el escritor- trabaja con el lenguaje, con la palabra. También porque el personaje ejerce ese oficio en una estación de radio durante mucho tiempo y hace recuerdos de aquello.

Notas de un Ventrílocuo puede parecer solamente un relato fragmentado que pretende mostrar cómo era la industria del espectáculo en los tiempos del vodevil, con esa mirada nostálgica que describíamos al comienzo.

O cómo era el Santiago que se fue.

Pero es en realidad una crónica que retrata cómo la vida nos va dejando obsoletos y solos. “Dentro de las desapariciones que a menudo se perpetran, he advertido la gradual extinción del circo, cuyas huellas en forma de círculo al abandonar los baldíos hoy resultan unos sueños viejos, idos en su caravana de animales y saltimbanquis a otros mundos más afortunados”, escribe en una nota.

Es también el horror ante la perspectiva de un día completamente vacío; de un mundo donde las cabinas telefónicas, las máquinas de escribir y otras cosas están tan obsoletas como su oficio de ventrílocuo. Y en un pasaje no le queda más remedio que sacar a sus muñecos de estopa del baúl y sentarlos alrededor en la habitación del Palermo para sostener con ellos una conversación.

Tan espectador como esos muñecos, el ventrílocuo y todos estamos destinados a ser desplazados a la orilla, “Éramos, en fin, más de uno los náufragos quedados a la deriva, perdidos sin consuelo en una realidad, más abierta que la de ayer, cuyos límites carnívoros desconocíamos. Entre ellos, el afilador de cuchillos, el buhonero, el vendedor de helados y, no olvidar, el ropavejero”.

Este libro rezuma nostalgia, es cierto. Y aunque es un texto que entretiene y se lee con agrado, despierta también una cierta inquietud por ese destino que, aunque no nos guste, sabemos irrevocable.

Por Pilar Hurtado

Notas de un Ventrílocuo
Germán Marín
148 páginas
Editorial Alfaguara
PVP: $11.900

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